Inteligencia artificial y enfermedad mental: el nuevo riesgo de la psquiatría

Pasillo de hospital psiquiátrico, inteligencia artificial y salud mental
La utilización de inteligencias artificiales plantea nuevos retos en el tratamiento y seguimiento de algunos trastornos mentales.

Las enfermedades mentales luchan, además de contra su propia naturaleza, contra el fuerte estigma que todavía tienen en nuestra sociedad. Un estigma que implica para muchas personas grandes dificultades para integrarse social, laboral y afectivamente y que, en demasiadas ocasiones, hace que la propia enfermedad tenga que vivirse en silencio.

En los últimos tiempos ha aparecido otro elemento que puede complicar la situación de algunos enfermos mentales: el mal uso de las inteligencias artificiales.

Las llamadas IA han venido para quedarse y pretender luchar contra su utilización sería tan absurdo como haber intentado impedir en su momento la llegada de Internet o de los teléfonos móviles. Son herramientas extraordinariamente útiles que están transformando nuestra manera de trabajar, estudiar, informarnos y comunicarnos. Sin embargo, algunas de sus características pueden representar un riesgo para personas especialmente vulnerables.

Esto puede suceder, sobre todo, en enfermedades o episodios que cursan con delirios, paranoia, manía, psicosis o una alteración importante del juicio de realidad. Y el problema está llamando ya la atención de psiquiatras y psicólogos.

Qué pasa con la salud mental cuando la IA nos da la razón

Una de las características de las inteligencias artificiales conversacionales es su tendencia a adaptarse al usuario. La máquina utiliza nuestro lenguaje, recoge nuestras premisas y trata de proporcionar una respuesta que nos resulte útil y satisfactoria.

Normalmente no tiene mayor importancia. El problema aparece cuando las premisas de las que parte el usuario son consecuencia de un delirio.

Pensemos, por ejemplo, en una persona que está convencida de que sus vecinos la vigilan. Si habla con un familiar puede encontrarse con una respuesta que contradiga su interpretación: «Yo no he visto nada extraño», «¿estás seguro de que eso ha ocurrido así?».

Una IA dispone solamente de la información que le proporciona el usuario. Si acepta la premisa y comienza a responder a preguntas sobre por qué podrían estar vigilándolo, qué significado tiene determinado comportamiento de un vecino o si algún acontecimiento puede constituir una prueba, corre el riesgo de colaborar en la construcción del delirio.

En inteligencia artificial existe incluso un término para describir la tendencia de algunos modelos a acomodarse excesivamente a las opiniones del usuario: sycophancy. Podríamos traducirlo sencillamente como complacencia o tendencia a dar la razón.

El problema no es solamente teórico. En junio de 2026 los investigadores Marc Augustin, Thomas Pollak y Hamilton Morrin publicaron en NPP—Digital Psychiatry and Neuroscience una revisión dedicada a los delirios asociados al uso de IA. Los autores proponen lo que denominan una «espiral de amplificación»: la combinación de tres características de los chatbots —adaptarse al lenguaje del usuario, producir respuestas enormemente personalizadas y validar afirmaciones sin contrastarlas con la realidad— puede terminar reforzando una creencia falsa.

La persona proporciona una interpretación, la máquina desarrolla esa interpretación y el usuario recibe después la respuesta de la máquina como si fuera una confirmación independiente de lo que pensaba inicialmente.

Ahí está probablemente uno de los mayores peligros.

¿Existe la llamada «psicosis por IA»?

En los medios de comunicación comienza a utilizarse con frecuencia la expresión AI psychosis o «psicosis por inteligencia artificial». Conviene ser prudentes.

No existe actualmente una enfermedad psiquiátrica reconocida con ese nombre y sería precipitado afirmar que una IA provoca por sí misma una psicosis en una persona sana. Lo que sí está apareciendo en la literatura científica son casos y estudios sobre personas cuyos delirios se desarrollan o se refuerzan durante una utilización intensa de chatbots.

Una revisión publicada en 2026 por investigadores de la Universidad de British Columbia habla precisamente de «psicosis inducida o asociada a IA», pero plantea un mecanismo mucho más complejo que el que sugieren algunos titulares: determinadas vulnerabilidades previas de la persona pueden combinarse con características de los chatbots, como la complacencia o incluso la generación de información falsa, favoreciendo el pensamiento delirante.

Es una distinción importante. No estamos ante una nueva enfermedad creada por las máquinas, sino ante la posibilidad de que una tecnología nueva pueda actuar como potenciador en determinadas circunstancias.

Una conversación que puede durar toda la noche

Hay otro aspecto que no debería despreciarse. Una IA siempre está disponible.

No se cansa, no cambia de conversación, no tiene que dormir y puede continuar durante horas desarrollando cualquier tema que le propongamos.

Esto puede resultar especialmente problemático durante episodios maníacos o psicóticos. La disminución de las horas de sueño puede formar parte del propio episodio y contribuir a empeorarlo. Una persona cada vez más activada puede pasar buena parte de la noche hablando con una máquina que continúa respondiendo y profundizando en aquello que ocupa su pensamiento.

Augustin, Pollak y Morrin consideran este asunto suficientemente relevante como para recomendar que, ante pacientes con primeras psicosis o creencias inusuales, los profesionales pregunten también por su utilización de chatbots: cuánto tiempo pasan hablando con ellos, qué grado de vinculación emocional han desarrollado y si esas conversaciones están interfiriendo con el sueño.

Hace pocos años habría resultado bastante extraño que un psiquiatra preguntase a su paciente: «¿Hablas mucho con una inteligencia artificial?». Probablemente sea una pregunta que empezaremos a escuchar cada vez más.

El peligro de convertirla en terapeuta

El problema no afecta exclusivamente a la psicosis.

Millones de personas utilizan ya inteligencias artificiales para hablar de problemas personales, pedir consejo o buscar apoyo emocional. En noviembre de 2025, la American Psychological Association publicó una advertencia específica sobre el uso de chatbots generativos y aplicaciones de bienestar para cuestiones relacionadas con la salud mental.

Su postura no consiste en rechazar estas tecnologías. De hecho, reconoce que algunas herramientas específicamente desarrolladas para salud mental han mostrado resultados prometedores. La advertencia es otra: un chatbot generalista no debe utilizarse como sustituto de un profesional de salud mental.

La diferencia es importante.

Una IA puede ayudarnos a ordenar nuestros pensamientos, explicarnos determinados conceptos, preparar las preguntas que queremos hacer a nuestro médico o incluso ofrecernos otra perspectiva sobre un problema. Pero no observa nuestro comportamiento, no conoce nuestro entorno y únicamente dispone de la información que decidimos proporcionarle.

Y precisamente una persona que está entrando en un episodio psicótico puede no ser consciente de que su percepción de la realidad está cambiando.

No todos los enfermos mentales son igualmente vulnerables

También debemos evitar caer en el error contrario y presentar la inteligencia artificial como un peligro para cualquier persona que padezca una enfermedad mental.

No es así.

Bajo la expresión «enfermedad mental» incluimos situaciones completamente diferentes. No podemos equiparar una depresión, un trastorno de ansiedad, una esquizofrenia o un trastorno bipolar, ni siquiera podemos suponer que dos personas con el mismo diagnóstico tengan idénticas circunstancias.

La preocupación es especialmente importante cuando existe una alteración del juicio de realidad o una predisposición a ella.

Para otras personas una IA puede ser simplemente una herramienta más y, utilizada correctamente, incluso puede resultar útil.

Por eso la solución no puede consistir en prohibir su utilización a determinados pacientes ni añadir un nuevo motivo de estigmatización a quienes ya soportan demasiados.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Una parte de la responsabilidad corresponde a las empresas que desarrollan estos sistemas.

Una inteligencia artificial debería aprender a diferenciar entre validar el sufrimiento de una persona y validar su interpretación de la realidad.

Si alguien afirma que está siendo perseguido, la respuesta adecuada puede reconocer que siente miedo y ayudarle a buscar apoyo. Lo que no debería hacer es proporcionar argumentos que confirmen que efectivamente existe una persecución de la que no tiene ninguna prueba.

Los desarrolladores también pueden introducir sistemas capaces de detectar conversaciones preocupantes, evitar la escalada de determinados delirios y recomendar contacto humano cuando la situación lo aconseje.

Pero también tendrán que adaptarse los profesionales y las familias. Conocer qué uso hace una persona vulnerable de la inteligencia artificial puede convertirse en una información tan relevante como saber cuánto duerme, si se está aislando socialmente o si ha cambiado bruscamente su comportamiento.

La investigación está todavía comenzando y sería absurdo demonizar una tecnología que también puede aportar importantes beneficios a la atención psicológica y psiquiátrica.

Pero tampoco debemos ignorar el problema.

Las inteligencias artificiales han venido para quedarse. Van a utilizarlas personas sanas y personas enfermas, del mismo modo que todos utilizamos teléfonos móviles, buscadores y redes sociales.

El reto no consiste en apartar de ellas a las personas con enfermedades mentales, sino en conseguir que estas herramientas sean también seguras para quienes son más vulnerables.

Porque una IA no crea necesariamente un delirio. Pero una máquina que escucha indefinidamente, se adapta a nuestra manera de pensar y tiende a darnos la razón puede convertirse, en determinadas circunstancias, en el peor interlocutor posible para alguien que está perdiendo el contacto con la realidad.

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