Supersticiones, amuletos y extrañas costumbres para atraer a la fortuna
Desde que el ser humano comprendió que no podía controlar todo cuanto le ocurría, comenzó probablemente su relación con la suerte.
Una cosecha podía ser magnífica o quedar destruida por una tormenta. Un comerciante podía regresar enriquecido de un viaje o perder su mercancía en un naufragio. Un soldado podía sobrevivir a una batalla mientras el hombre que estaba a su lado moría. Incluso hoy, después de siglos de desarrollo científico, seguimos viviendo rodeados de acontecimientos en los que intervienen el azar y la incertidumbre.
Quizá por eso prácticamente todas las civilizaciones han creado rituales, objetos, números, animales y gestos destinados a atraer la buena fortuna o mantener alejada la desgracia. Algunos han desaparecido. Otros siguen entre nosotros sin que sepamos siquiera de dónde proceden.
Cuando la suerte dependía de los dioses
Para muchas sociedades antiguas, aquello que nosotros llamaríamos suerte no era necesariamente fruto del azar. Podía interpretarse como la intervención de fuerzas sobrenaturales.
Los griegos personificaron el destino y la fortuna mediante diferentes divinidades. Los romanos llevaron esta idea especialmente lejos con Fortuna, una diosa extraordinariamente popular que podía conceder prosperidad, éxito o desgracia.
Fortuna solía representarse con símbolos muy expresivos. Uno era la rueda, recordatorio de que quien hoy está arriba mañana puede encontrarse abajo. Otro era la cornucopia, el cuerno de la abundancia.
De aquella concepción procede una imagen que todavía utilizamos: la rueda de la fortuna ya que expresa perfectamente una de las experiencias humanas más antiguas: nuestra posición puede cambiar sin previo aviso.
Amuletos: llevar la protección encima
Si los acontecimientos podían estar influidos por fuerzas invisibles, parecía razonable intentar protegerse contra ellas, así aparecieron innumerables amuletos.
Egipcios, griegos y romanos utilizaron objetos protectores de todo tipo. En Egipto, el escarabajo adquirió una enorme importancia simbólica y religiosa y fue utilizado en amuletos relacionados con la protección, la regeneración y el tránsito al más allá.
En el mundo grecorromano existieron amuletos que hoy resultarían bastante sorprendentes. Los romanos, por ejemplo, emplearon representaciones fálicas como protección frente al mal de ojo. Algunas aparecían incluso en pequeños objetos conocidos como tintinnabula, que podían incorporar campanillas.
Aquello que actualmente consideraríamos una decoración extravagante podía tener para un romano una función protectora perfectamente seria.
El mal de ojo
Pocas creencias han tenido una difusión geográfica comparable a la del mal de ojo. La idea básica es sencilla: una mirada cargada de envidia, admiración excesiva o intención negativa puede provocar desgracia.
La creencia apareció bajo distintas formas en el Mediterráneo, Oriente Próximo y otras regiones y produjo a su vez numerosos objetos destinados a combatirla. Uno de los más conocidos actualmente es el nazar, el característico ojo azul que continúa siendo habitual en Turquía y otros países mediterráneos.
Resulta interesante que detrás de esta creencia del daño por energia malvada o malintencionada exista una intuición social muy antigua: mostrar demasiado la propia prosperidad podía despertar envidia y convertirse en una amenaza Por eso, en numerosas culturas encontramos rituales destinados no solamente a conseguir suerte, sino también a evitar presumir demasiado de ella.
Tocar madera: un gesto de » magia protectora «
Millones de personas siguen diciendo hoy: «Toca madera» y lo hacemos bien cuando mencionamos algo bueno que esperamos que continúe sucediendo, como protección ante un acontecimiento negativo que nos amenace o incluso como protección ante una persona » gafe «
Una explicación tradicional relaciona esta costumbre con antiguas creencias europeas según las cuales determinados árboles estaban habitados por espíritus o divinidades. Tocar el árbol habría servido para solicitar su protección. También existen interpretaciones cristianas que relacionan la madera con la cruz.
Pero hay un problema: no podemos afirmar con seguridad que ese sea realmente el origen de nuestra costumbre actual.
El folclorista británico Steve Roud ha propuesto una explicación mucho más reciente: ciertos juegos infantiles británicos del siglo XIX permitían quedar protegido de quien perseguía al jugador cuando este tocaba madera. La expresión moderna está documentada al menos desde el siglo XIX, pero su origen exacto continúa siendo discutido. Es un magnífico ejemplo de cómo funcionan las supersticiones: algunas pueden sobrevivir durante generaciones mientras olvidamos completamente por qué comenzaron.
La herradura: hierro, caballos y fortuna
Pocas imágenes representan tan claramente la buena suerte occidental como una herradura colgada sobre una puerta y su simbolismo probablemente reúne diferentes tradiciones.
El hierro fue considerado durante siglos un material capaz de proteger frente a determinadas fuerzas sobrenaturales. A ello se añadió el enorme valor histórico del caballo: poseer caballos significaba movilidad, capacidad de trabajo, poder militar y, muchas veces, riqueza.
Incluso la posición de la herradura ha generado discusión ya que según una tradición debe colocarse con las puntas hacia arriba para que la suerte quede contenida en su interior. Según otra debe mirar hacia abajo para que la fortuna «caiga» sobre quienes pasan bajo ella.
Una superstición capaz de producir dos instrucciones completamente opuestas demuestra que el folclore rara vez funciona como una ciencia exacta.
El número 13
En buena parte de Occidente, pocos números tienen peor fama que el 13 al punto de que Incluso existe una palabra para designar su miedo: triscaidecafobia y su origen tampoco puede atribuirse a una única explicación.
El número 12 ha representado tradicionalmente cierta idea de totalidad: doce meses, doce signos del zodiaco, doce dioses olímpicos, doce tribus de Israel o doce apóstoles. El 13 rompe esa aparente perfección a lo cual la tradición cristiana añadió otro poderoso elemento: en la Última Cena había trece personas, incluyendo a Judas.
Con el tiempo, la superstición llegó incluso a la arquitectura moderna. Algunos hoteles y edificios han evitado identificar una planta como número 13, pasando aparentemente de la 12 a la 14. Naturalmente, el piso sigue estando allí. Lo que desaparece es solamente el número.
¿Y por qué viernes 13?
Por un lado tenemos la mala reputación del 13. Por otro, el viernes también estuvo relacionado históricamente en la tradición cristiana con acontecimientos desgraciados, especialmente la crucifixión de Jesús.
Ambas ideas terminaron uniéndose hasta crear uno de los días supuestamente más desafortunados del calendario occidental
Pero esta superstición tampoco es universal ya que en España y buena parte del mundo hispano tradicionalmente ha tenido peor fama el martes 13 de donde procede el conocido refrán: «En martes, ni te cases ni te embarques».
Y en Italia, curiosamente, el número tradicionalmente asociado con la mala suerte ha sido el 17. La mala suerte, por tanto, también cambia de nacionalidad.
El gato negro: buena o mala suerte según dónde viva
En buena parte de Europa continental y posteriormente América, cruzarse con un gato negro llegó a interpretarse como presagio negativo, especialmente por la asociación medieval y moderna entre gatos, brujería y fuerzas sobrenaturales. Pero esa interpretación nunca fue universal ya que en otras tradiciones, encontrarse con un gato negro podía significar exactamente lo contrario: buena suerte.
La misma criatura podía anunciar desgracias en un país y prosperidad en otro.
Japón desarrolló además uno de los gatos afortunados más famosos del planeta: el maneki-neko, la figura felina con una pata levantada que todavía vemos en numerosos comercios asiáticos.
Existen varias leyendas sobre su origen. Una de ellas cuenta que un gato habría salvado a un señor feudal de morir alcanzado por un rayo al atraerlo hacia un templo. Otra habla de una mujer pobre que comenzó a fabricar figuras de su gato y terminó prosperando gracias a ellas. Las historias probablemente pertenecen más al folclore que a la historia demostrable, pero el maneki-neko terminó convirtiéndose en un auténtico símbolo internacional de prosperidad.
La extraordinaria importancia del número 8 en China
Los números también cambian de significado cuando cambiamos de cultura ya que mientras Occidente teme al 13, en la cultura china el 8 tiene una reputación extraordinariamente favorable, relacionada entre otras cosas con asociaciones fonéticas entre su pronunciación y palabras vinculadas a la prosperidad.
Esto puede llegar a tener consecuencias económicas reales. Números de teléfono, matrículas, direcciones o fechas que contienen determinados números pueden resultar especialmente deseables. Aquí sucede algo relevante: una creencia simbólica termina modificando el valor económico de objetos reales.
La creencia deja entonces de ser solamente individual. Si suficientes personas creen que determinado número tiene valor, ese número efectivamente puede terminar costando dinero, máxime si la tradición o la costumbre socialmente aceptada lo avala.
La suerte también podía enterrarse dentro de una casa
Algunas antiguas costumbres protectoras eran bastante más inquietantes. En edificios históricos de Gran Bretaña y Norteamérica se han encontrado zapatos viejos ocultos dentro de paredes, chimeneas, suelos y marcos de puertas.
Los arqueólogos los consideran en muchos casos depósitos rituales ocultos. Determinados zapatos pudieron colocarse allí como protección contra brujas o espíritus malignos. Una posible explicación era que, después de haber sido utilizado durante años, el zapato conservaba simbólicamente algo de la persona que lo había llevado.
También se han descubierto las llamadas botellas de bruja, recipientes que podían contener alfileres, clavos, cabello e incluso orina humana y que se utilizaban con propósitos protectores.
Más sorprendente todavía resulta el hallazgo de gatos muertos ocultos deliberadamente dentro de algunos edificios. Para quienes los colocaron allí no eran necesariamente restos abandonados: podían constituir auténticas defensas sobrenaturales de la vivienda.
Copiar este mensaje te traerá buena suerte
La conocida cadena de mensajes que promete fortuna si se reenvía y desgracias si se rompe parece un invento de WhatsApp o del correo electrónico. No lo es.
Existen antecedentes sorprendentemente antiguos de textos cuya reproducción prometía beneficios espirituales o protección. El Libro de los Muertos egipcio ya contenía pasajes que atribuían beneficios a determinadas reproducciones rituales. Siglos después, textos religiosos asiáticos recomendaron copiar y distribuir oraciones para obtener mérito o alejar consecuencias negativas.
Las auténticas cartas en cadena modernas aparecerían mucho después, pero el principio psicológico resulta extraordinariamente parecido: «Haz esto y algo bueno ocurrirá; no lo hagas y quizá te arrepientas».
Internet no lo invento. Simplemente consiguió que viajara mucho más rápido.
La suerte en el juego
Pocos lugares generan tantas supersticiones como aquellos en los que interviene directamente el azar.
Jugadores de cartas, apostadores y asistentes a casinos han desarrollado innumerables rituales personales: sentarse siempre en determinado lugar, utilizar una prenda concreta, no contar el dinero mientras se juega, entrar por determinada puerta o evitar personas consideradas portadoras de mala suerte.
Aquí aparece un fenómeno psicológico especialmente interesante. Cuando una persona gana después de realizar determinado gesto, puede establecer una relación entre ambas cosas aunque objetivamente no exista. Si vuelve a ganar, la asociación se refuerza. Y si pierde, siempre puede encontrar una explicación: «Hoy no hice exactamente lo mismo». Así puede nacer una hábito, rito o incluso superstición individual.
Soldados, marineros y actores: profesiones donde la suerte importa especialmente
Las supersticiones tienden a multiplicarse allí donde existe mucho riesgo y poco control y es por eso históricamente han sido particularmente abundantes entre marineros y soldados.
El mar era imprevisible. Una tormenta podía destruir un barco y una batalla podía decidirse por circunstancias imposibles de controlar individualmente Amuletos, medallas, estampas religiosas, objetos familiares y pequeños rituales acompañaron durante siglos a quienes se enfrentaban a esas situaciones.
También el teatro desarrolló su propio catálogo de supersticiones. En la tradición anglosajona, por ejemplo, mencionar Macbeth dentro de un teatro —salvo durante la representación— llegó a considerarse un presagio de desgracia. Cuanto menor es nuestro control sobre el resultado, mayor parece ser nuestra tentación de negociar con la suerte y mas necesidad de tener un objeto fisico cargado de intención protectora o ritos personales bien creados o aprendidos con el mismo objetivo.
Intentar conocer el futuro también es una forma de controlar el azar
La preocupación por la fortuna no produjo solamente amuletos. También generó métodos para intentar anticipar lo que iba a suceder.
En la Antigüedad existieron numerosos sistemas de adivinación basados parcialmente en procedimientos aleatorios. Algunos permitían formular preguntas y obtener respuestas mediante números, tablillas, dados o sorteos. Las preguntas conservadas resultan sorprendentemente modernas:
¿Conseguiré a la persona que deseo? ¿Tendré éxito? ¿Podré pagar mis deudas? ¿Me descubrirán?
Han cambiado los instrumentos, pero no demasiado las preocupaciones humanas.
¿Por qué seguimos creyendo en la suerte?
Podríamos pensar que todas estas costumbres pertenecen a sociedades antiguas incapaces de explicar racionalmente el mundo. Sin embargo continúan existiendo en sociedades tecnológicamente avanzadas.
Deportistas que utilizan siempre la misma prenda en una competición importante. Personas que compran lotería en una administración determinada porque allí «toca más». Conductores que llevan un amuleto en el automóvil. Estudiantes que utilizan el mismo bolígrafo con el que aprobaron un examen anterior. La explicación probablemente no está en nuestra ignorancia, sino en algo mucho más profundo. Nos cuesta aceptar la incertidumbre.
Cuando el resultado de algo importante depende parcialmente de factores que no controlamos, un pequeño ritual puede proporcionarnos sensación de seguridad. Tocar madera no cambia las leyes de la probabilidad, pero durante un instante sentimos que hemos hecho algo.
Desde los amuletos egipcios hasta el gato japonés, desde la Fortuna romana hasta el jugador moderno que se niega a cambiar de asiento mientras está ganando, encontramos el mismo deseo humano:convencer al azar para que se ponga de nuestra parte.
Después de miles de años seguimos sin saber cómo conseguirlo.
Pero, por si acaso, seguimos tocando madera…….
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